Vemos hasta donde queremos ver.

Actualizado: 14 jul 2020

Leí la semana pasada una frase interesante de la psicóloga Vero Marcos: “La no aceptación del prójimo es un reflejo de la no aceptación de ti mismo” y es muy cierta, así somos las personas, siempre que vemos algo en alguien inmediatamente nos volteamos a ver a nosotros mismos, como si nos estuviéramos comparando y empezamos a enjuiciarnos estúpidamente: “La otra persona tiene esta cualidad, ¿la tengo yo también?, la otra persona dejo de hacer algo, ¿tengo que dejar de hacerlo yo también?, la otra persona logró algo, ¿tengo que lograr lo mismo también?”. Y entonces, después de responder estas preguntas y darnos cuenta de que no vemos esas cualidades en nosotros, ¿eso nos da el derecho de ser groseros y no reconocer el brillo de la otra persona?, ¿de denigrarle, humillarle o subestimar a la otra persona? O el hecho de no reconocer el éxito de alguien porque no cumple con nuestra idea que tenemos sobre la palabra “éxito”, es porque ¿afecta en nuestro complejo de superioridad? O ¿esto representa un peso más para nuestro complejo de inferioridad?


Así es, somos algunas veces muy estúpidamente injustos con nosotros mismos y con los demás.


Es cierto, muchas veces vemos hasta donde queremos y nos conviene ver, es respetable pero eso NO da el derecho de subestimar o menospreciar el brillo de los demás, menos de intentar truncar su camino, lo digo, no por el hecho de que las personas que brillan necesiten ser reconocidas, sino porque simplemente demostrar respeto hacia uno mismo y hacia los demás, es una manera decente de ser.


Pero veamos la otra parte, la parte que brilla sin necesitar el reconocimiento de los demás. Es que muchas veces hay que caer en cuenta que solo teniendo compasión por el otro, entendiendo que en la educación de esa persona que ejerce abuso o faltas de respeto, no existió nunca la posibilidad de demostrar respeto por las creencias del otro, es entender que quien ejerce faltas de respeto, tal vez nunca supo que existían razones en la vida por las cuales luchar, que existían creencias que se podían cambiar, es entender que tal vez nunca se le enseñó que por sí mismo podía hacer valer sus creencias y su propia voz.


Porque el verdadero amor no te dice que no veas, al contrario, el verdadero amor te enseña a ver más allá, el verdadero amor da, agudiza tus sentidos, ejercita tu cerebro y también los músculos de tu cuerpo. Porque eso que se nos enseñó “amar a ciegas”, me atrevo a decir que fue un error, o tal vez un “pequeño malentendido”, porque amar no es aguantar, no somos un centro de rehabilitación donde nuestra obligación es reparar al otro a pesar del dolor que esto nos conlleve, ¡Para eso hay expertos en el tema, centros de rehabilitación y estudiosos de la mente del ser humano! Creo que amar es impulsar, es acompañar, es creer que tanto uno mismo como en la otra parte existe el coraje y el potencial suficiente para salir adelante.


Creo en ese tipo de amor donde primero hubo amor y reconocimiento propio, porque cuando tienes eso para ti, entonces puedes ofrecerlo para estar en una relación donde ambas partes se construyan y se permitan brillar. Ese amor que reconoce al otro por lo que es y por lo que no es también, ese amor que no necesita perfección porque el punto es entender que NO somos perfectos.


Puedo resultar muy ingenua al expresar la forma en la que creo que es amar, reconocerse a sí mismo y al prójimo, pero de igual manera nunca he necesitado la aprobación de nadie para poderme expresar, realmente espero haber logrado que te atrevas a querer ver más allá después de leer esto. De reconocerte a ti y amarte para que puedas lograr reconocer y amar al prójimo.

Con Amor Lorena.




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